miércoles, 24 de abril de 2013

Nomenclátor Poesía: Dos versos elegíacos de aislamiento contradictorio (4)



En el catalejo del verbo están tus ojos;
ahí radica el poema.


En el poema, que las palabras
se encuentren a sí mismas.


¿Qué poema es ese que arde,
allá a lo lejos?


Este es el ataúd
para mi eternidad.


Si un poema genera viento, leámoslo en voz alta
y dejemos planear el lenguaje.


Para poder destruir todos los libros de su biblioteca
se sentó y comenzó a escribir.


Si te veo caer, me arrojaré también
y te diré que estamos volando.


Eso era el mundo para él; estar asomado a la ventana,
con sus ojos blancos, esperando que ella pase.


Soy la tiñiebla
en la que te escondo de mí.


La jaula se transformó en ave,
pero jamás voló.


No es que estés cayendo,
es el cielo que se fuga aún más alto.


Pulir el poema que copia su boca hasta que por la incidencia de la luz
la ley de reflexión sume mi boca en imagen sobre su boca en palabras.


Estamos tan cerca de ser nada,
que los caminos comienzan siempre.


Si el poema decide ser escrito,
nada puede detenerlo.


Cada persona es una ventana mal cerrada.
Ventanas que dan a la misma lluvia.


Tu mirada me constituye como sujeto poético.
Hay poesía fuera de la poesía.


Escribir para desenmascarar
a la literatura.



En cada poeta malviven todos los poetas.
Cada lector pierde algo en cada poema.
Cada poema busca algo en cada lector.
Rodar por el precipicio del lenguaje hasta finalizar el verso.
Y con el verso terminado aprendemos que la eternidad
está llena de puntos finales.



El Tiempo es cíclico y ese círculo está unido a otros.
Tales eslabones forman una cadena entorno a tu cuello.


Si hay algo que jamás perdona, es la fantasía.
Soy la piel que ha mudado la noche.


El erotismo es poesía que se ha independizado del papel.
Ignorar el camino de ida, pero no el de vuelta.


Puedo escribir las noches más tristes en este verso.
El entendimiento pertenece a la esfera de lo irreal.


Si no fuese por la gravedad, desde hace tiempo
me hubiese arrojado al firmamento.


De vez en vez, la poesía nos muestra
que ella tiene el control.


Toda la humanidad abre una serie de puertas al mismo tiempo, una cada uno.
Desembocan todos en una habitación común.


Al final, los poemas que no hemos escrito habrán de salvarnos.
La realidad es una mentira a medias.


Sé que alguien me imagina. Yo, a mi vez, imagino a otro.
Y eso otro imagina a quien me imagina.


Avanzo por una calle y al darme vuelta
advierto que hay otra sombra sobre mi sombra;
una sombra que realiza los mismos movimientos que la mía
y ambas asemejan una sola.
Pero nadie hay que genere esa otra sombra, nadie me sigue.
Hasta que me doy cuenta de que mi sombra es la segunda,
y la que creía mía es de alquien a va delante mío y que no me ve,
y se da vuelta y se pregunta de quién es esa sombra
que coincide de pleno con la suya.



Nunca escribí un poema con palabras.
Nunca supe cómo muerde la noche,
pero sé que es así como deberíamos mordernos.
La lluvia puede disimularse bajo las lágrimas.
¿De qué manera te lastimó el invierno
que te dormiste para ser enterrada en gorriones?


Escribir un poema a tus ojos
es crear un lenguaje.
Ellos inquietan la fugacidad.
Caminé sobre las brasas de tu desnudez.
Dejé unas palabras escritas
en unos papeles. El viento conformó el poema.
El suicidio es el escape menos eterno.
Escribir para perderlo todo.
La poesía es el alma de la razón.



En cada poeta malviven todos los poetas.
Cada lector pierde algo en cada poema.
Cada poema busca algo en cada lector.
Rodar por el precipicio del lenguaje hasta finalizar el verso.
Y con el verso terminado aprendemos que la eternidad
está llena de puntos finales.


.En la poesía nada se nombra por primera, si no por última vez
Vivir no como si fuese el último día de la vida. Si no como si fuese el primero.


El cielo sigue allí, conteniendo.
La poesía es la lima dentro del pan.


El niño lloraba mucho. Pero no por estar dentro de un pozo;
el pozo estaba dentro de él.


En la literatura, entre palabra y palabra, hace equilibrio la mentira.
No hallarse ni dentro ni fuera del túnel. SER el túnel.


Favorecer el absurdo con más racionalidad.
La belleza trae mala suerte.



La mujer es la sombra de su cabello mientras corre.
Su sombra es una invitación a ascender. El resto es la levedad.



Se asomó a la ventana y se vió a si mismo.
Pero se dio cuenta de que no era un reflejo en el vidrio.



















viernes, 7 de diciembre de 2012

Nomenclátor Poesía: Dos versos elegíacos de aislamiento contradictorio (3)


No creo estar hecho de tiempo,
sino quizá de distancia.

 


Pinté una cruz roja en la pared de mi habitación. Allí es exactamente

donde un pájaro va a estrellarse esta tarde.

 

 

Las plantas de mis pies irritadas por las nubes.
Un pájaro que vuela en círculos porque sólo tiene un ala.

 


¿Para qué nombrar lo que no hay?
¿Qué poema no es provisorio?

 
 

El nudo corredizo de la horca que llevo
es la propia suavidad de tu cuello.

 
 

Descubrí que hay una palabra que nunca escribí
y decidí que jamás escribiré. Esa palabra será mi único poema.



Hay una fecha que falta en todos los calendarios.
Esa fecha es mi poema.

 
 

Las líneas de tu mano coinciden con el trazo de un relámpago
y ambos construyen mi piel.

 

Una grieta abismal invertida colocada sobre otra,
es un túnel que me lleva hasta tu corazón.

 

Mañana es todavía. Aún no fue ayer.
Nunca será ahora.

 

Un arma dispara mi sonrisa.
Es una muerte a la que me atrevo.
 
 

El universo es una flor. La existencia, una flor.
El despertar a la luz es otra flor. Un ramo de estas flores es tu abrazo.

 

Cada gota de tormenta es una sílaba.
Tus ojos son el poema.

 

El único silencio viable
es gritar con la mordaza puesta.

 
La ceniza es el polen
de tu mirada.

 
 
¿Cómo trasladar la lluvia
a un pentagrama?

 

 Con tinta en el papel trato de tapar tantos gritos, trato de espejar
lo que no debo, de escribir más fuerte de lo que suenan los aullidos.

 

 Ella me dijo que tuviese descuido con las palabras,
que no les hiciese el amor, sino la guerra.

domingo, 18 de marzo de 2012

Nomenclátor Poesía: Dos versos elegíacos de aislamiento contradictorio (2)

¿Por qué no me avizora la noche
con su ceguera diurna?





Soy como el agua turbia de un estanque;
no pueden respirar, ciegos y exánimes, los que están dentro de mí.





Me miraba con sus peores ojos crecientes
de estanque vacío bajo el aguacero.





Extravío
todos mis hallazgos.





Descubrí quién soy una vez más,
a escondidas de mí mismo.





Solía tan sólo vivir mirando la noche,
pero me involucré en su elemento.





Me caí de la lluvia,
pero emergí para solucionar tu llanto.





Mi sombra
ilumina lo que no soy.





En este ramo de versos,
se me marchitó toda mi prosa.





Me olvido de tu boca,
recordándola en otra boca.



domingo, 12 de junio de 2011

Nomenclátor Poesía: Dos versos elegíacos de aislamiento contradictorio (1)

Nos encontraremos
donde siempre estaré solo.





Mis ojos resucitan de la vida.
Nuestro abrazo lo doy yo solo.





Hojas secas obstruyen el camino:
ya no puedo pasar por él.





Mi estadía consiste en peregrinar,
mi ruta es un círculo diminuto.





Me dejo llevar a los oscuro,
pero se descubre mi condición de sombra ficticia.





La lluvia es una prolongación de tu almohada.
Un poema es un torniquete hecho con palabras.





El silencio es un cráter dérmico que erupciona la noche.
¿A esto es lo que le llaman alegría?





Cuando el silencio aturde,
grito sin voces ni eufonías.





Desnudo está el vidrio de mi ventana;
desnudos están mis pasos en desequilibrio; mi futuro, está desnudo.





Y un alud de pestañas
te precede.





Ahora sé que no es la nieve la que cae sobre la estepa,
sino yo el que asciende hasta el suelo.





Hoy profetizaste el día de ayer. En el pasado está lo bueno que vendrá.
Y lo que vendrá sigue siendo nuestro peor presente.





Mi travesía consiste
en quedarme aquí, donde no estoy.





¿Trinan mis días
los pájaros muertos?





En la cárcel del deseo,
vivo mi libertad más recurrente.





Enumeraré mis jornadas en desesperaciones,
en lo que no soy, en el círculo recto de las noches.





Me marcho de las sombra en plena luz del día.
Desnudo oculto peor mis posesiones.





Extiendo una mano hacia el fragmentario cielo del invierno,
y sólo así puedo tocarme los pies.





Quise parecerme tanto a tu oscuridad,
que terminé siendo yo mismo.





¿Por qué el espejo no refleja lo que concluí y nadie comenzó
o cuando huyo en la inmovilidad? Yo soy quien refleja al espejo.





Me pienso mirándote
para evitar que me mires pensativa.





Siempre hay una hoguera inmaculada
para quemar nuestros arrepentidos ojos de agua sucia.





Cuando me tocás,
mi cuerpo es una puerta hacia la urgencia de las revelaciones.





Parto de la zona prohibida
en un barco desenterrado que nunca zarpa de ella.





Elijo tu cuerpo
aunque la distancia no sea una opción admitida.





Me confundo conmigo,
pero ahora soy otro.





Las hojas secas poblaron mis ojos en otoños distintos.
Y así, a fuerza de mirarlo, tu cuerpo comenzó a oficiar de jardín marchito.





Al no venir,
llegaste más de prisa hasta mí.





Desciendo a todas las cimas.
Las nubes, muertas, se caen de su lluvia.





Y el muro se me hizo camino.
Y las brechas fueron mis límites.





Cuando deje de razonar la noche, improvisaré una lumbre.
Por más que grite no encontraré ningún silencio.





Espero dejar de despertar;
en el sueño es insomne mi vigilia.





Debajo de tu falda se incendiaba un estanque bajo la tormenta.
Subo las escaleras desde el último peldaño.





Déjame franquear las líneas de tu magia,
como niño perdido buscando el encanto.





Hay algo tan inconveniente
como la muerte, y es la vida.





Me quisiste mal
porque tu odio era el correcto.





Todos me esperan
en un lugar que sólo yo conozco.





Para perderlo, busco a quien me busca
para no encontrarme.





Viviré mi noche en el ataúd de la luz,
en el espacio tan abierto de mis propias venas ígneas.





Entre el que soy y el que creo ser,
se encuentra el grosor del espejo.





Ahora que te fuiste,
nuestras batallas se librarán en otros territorios.







Cuando llegué, tu jaula estaba vacía;
ahora tu libertad es mucho más extensa.





No conozco la palabra inocencia;
aún no me he bajado de ninguna cornisa.





Esta noche, me iré con quien se queda,
y sufriré como quien sonríe.





La muerte en la que vivo,
es el fin de mi nacimiento.





El anciano que seré, asusta al niño que fui:
ya mi juventud no me amedrenta.





Y la eterna caída durará hasta mañana,
cuando me llames con mi propia voz.





El precipicio se asoma a mí:
el peligro me protege.





Arrojar una piedra. Correr. Cerrar los ojos
para no esquivar tu boca. La piedra nos golpeará en la espalda.





Ignoramos los trazos del sentir:
aspiramos a las sincronías y demás discrepancias.





Se tendrían que hacer jaulas para pájaros negros
con nuestras cajas toráxicas en huesos, luego de que muramos.





Nos completan nuestras mutilaciones:
estamos cansados de buscar síntomas que se asemejen a nuestras enfermedades.





Desorganizo los espacios del lenguaje, consiento la catarsis:
ahí las jaulas abiertas de mi poesía.





En el vidrio empañado de la ventana del tren, escribes que en el insomnio el cuerpo se enreda en otros cuerpos insomnes.
Pasan meses y yo soplo en ese vidrio y descubro tu amortajada caligrafía y tu cuerpo se enmaraña con el mío, sin dormir y con la estética de la vocación.





Nada más extenso y consecuente
que una prostituta virgen.





Mi vaso, en el medio del río, sigue vacío.
¿Quién me ayudará a escalar hasta lo más bajo?





Creo que estoy escribiendo un poema.
No podría asegurarlo.





Yo no soy yo.
Soy otro que aspira a ser quien soy.





Mis poemas
son las heridas de una hoja en blanco.





Saciando insaciabilidades:
me acosté para tratar de conciliar el insomnio.





Vivimos en una casa a la cual nunca pudimos ingresar.
Las grietas de las paredes están llenas de nuestras grietas.





Depresión es no poder comunicar una agonía emocional
la cual es la causa de esa depresión. La cara que nunca tengo en el espejo.





Decrezco hacia la altura.
La poesía es una enfermedad venérea.





¿Qué es la pureza además
de la mácula llevada al extremo de su rutina?





No hay oquedades posibles:
está tu boca.





Bebo mi sed
para recordar este olvido.





En tu piel desoigo todos los silencios,
mi carne en tu boca es mi única conducta.





En mis memorias reside el olvido,
todo lo demás está en tus ojos.





Mis huellas retornan
pero nunca fueron.





Lo previo a la palabra
es un mapa que sigue mis pasos.





Avanzo tras mis huellas que vienen a contramano de mi avance.
En el laberinto me he encontrado.





La ausencia de mí mismo en mí está siempre presente en otro.
Esta página en blanco ya no me necesita.





Mis naufragios no consisten en hundirme o anteceder
y ocurren siempre muy lejos del mar y cualquier abstinencia.





Elijo aunque no tengo opciones.
Vacío mi vacío y queda la mentira.





La amargura llega y me toma de sorpresa pues la esperaba.
En el lugar de mi caída lo propio nunca ha sido mío.




Temo a la muerte como el que es indiferente a esperar.
Postergo lo que nunca llegará.





Yo también creo tenazmente que la rosa de cobre de Erdosain
es una metáfora de la literatura.





Invento la amargura
que me inventa.





Tus besos me transitan
aunque no tengo caminos.





Tanta confianza en la noche me produce inseguridad.
En lo más laico de la religiosidad se unifican mis desvíos.





No es bajo los árboles donde hallo la sombra.
Todos mis pecados abundan en virtudes.





En tus ojos es donde el vacío
no se renueva.





Tus labios pronuncian mis palabras antes de que las diga
y hacen el duelo por mi nacimiento.





En el muro sin cimientos de la noche
la palabra inexacta redunda en poema.





Se cierran mis puertas para que puedas pasar.
Sé que todo es lo que parece.





Ya es invierno en mi espalda
y tu cintura evade mis aspiraciones prénsiles.





Me convertiré en alguien que ya soy
para poder confesar todo lo que no es secreto.





Si el oleaje se escapa del vaso
nunca podré cubrir tu cuerpo vestido.





Cuántos pajaros dentro del río, remontando la corriente.
Te percibo amarilla como un árbol negro.





Despierto y me pregunto:
¿cuál de mis máscaras no usaré hoy?





Nos encontramos donde no estamos;
somos intrusos en nuestro propio beso.





Me es imposible decir y sin embargo digo.
Difiero tanto de mí mismo.





Nuestros sexos unidos
forman un puente hacia todo.





La fonética de la mudez
me permite accidentar una orgía de equilibrio.





Mis estados de ánimo no son más que pseudónimos.
Mi escritura se empeña en comenzar detrás del punto final.





Tener una mentira sin contar
es engañarse a sí mismo y a los demás.





Tu presencia, tácita, en la noche y en mi cama, me aporta
tu respiración que no se desluce con mi natural asfixia.





Se rompe el espejo y yo,
frente a él, me reintegro.





¿Cómo llegar a donde no hay lenguaje, no hay belleza,
no hay unidad ni estructura, pero hay poesía?





Ya no te recuerdo
pero todo te recuerda.





La noche es un augurio, la carne una sílaba,
y los pájaros nacen en pleno vuelo.





Lastimo a los pájaros porque no sé volar.
Todo lo que termina comienza a ser infinito.





Me abrí el pecho a cuchillazos:
te extrañaba.





No puedo decir de mí más que estoy partiendo.
Qué otra cosa se puede hacer aquí más que morir lentamente.





Destrozo todo lo que había escrito y sólo así,
infinito, se manifiesta el poema.





Siembro mi lengua bajo la tierra
y sólo así humedezco al cielo hasta la tormenta.





Miro hacia arriba
y advierto que gotea el infierno.





Tantos pájaros aleteando en el fuego:
ya no son oscuros, ya no son perecederos, ya no son ceniza.





Arrojamos un vaso de agua a la lluvia para mojarla.
El filo de tus ojos está uniendo mi ceguera.





Estoy solo en la oscuridad del cuarto y siento que la mano de un niño
acaricia la mía. Entonces yo, con mi otra mano, acaricio la de él.





El otro lado
es aquí.





Siempre estoy esperando
el último latido.





El silencio es un grito sin ser gritado.
Un grito es el silencio desesperado que no pudo silenciarse.





¿Quién me está lamiendo las heridas
que estoy por realizarme?





Antes, mis dedos agonizan el tacto que pretendo
para tu cuerpo que huele a flor sin aroma.





Ato mis miedos a un pájaro muerto
y pretendo que sobrevuelen la putrefacción y ninguna otra cosa.





A partir de ahora quiero que me escribas tus memorias
que sean más difíciles de recordar.





¿Qué es un refugio sino
no encender las luces a la noche?





¿Quiénes son los que oran con rugidos,
los que niegan la noche?





Un precipicio se arroja a mí:
pierdo a Dios entre los deísmos viejos.





Ha visto a tantos pájaros cavar túneles bajo la tierra:
ella escapa porque sabe que nadie la persigue.





La mentira me desmiente;
lo que no está sujeto a nada se esconde debajo de tus párpados.





Tu sexo me arranca la saliva,
las gotas de la lluvia se me clavan en la piel como Pizarnik.





La misma muerte una noche antes.
La misma noche una muerte después.





Sobre los árboles talados los pájaros hacen sus nidos:
justo antes de saltar, me doy cuenta que ya me deshice contra el fondo.





¿En qué se parecen una restricción y la desnudez,
la fragilidad y su propia sombra?





Infínjanme dolor para calmarme la anestesia de estos días.
Recordáme y siempre te seré retirado.





Como una adecuación, tus ojos son por sí mismos.
El pasado llegará y nos recriminará que le demos un uso tan recreativo.





La cima abisal de tus ojos:
me dedico a ingresar por todas las salidas.





Una página aún sin escribir
es analogía de tu cuerpo vestido.





La lluvia me repiquetea en las plantas de los pies,
una piedra me golpea el paladar: la belleza es un campo de batalla.





Cerrás los párpados y la noche
acontece como el encenderse de un fósforo.





Vivo porque no vivo:
una tumba me cava para exhumar mi nacimiento.





Anochece inmerecidamente.
En la alcantarilla de un verso somatizo el poema.





En medio de un camino de tierra estoy remando
hacia los sumideros de un pétalo.





Miro la lluvia y veo mis ojos mirando la lluvia.
Y quizá no existan ni mis ojos ni la lluvia.





Una tumba abierta
es la huella de una pisada que se aleja.





Haciendo desmemoria:
siempre me escondí encima de la cama.





Tus cavidades corporales me cortaron los labios y sangré sequías.
El rencor sólo cuesta libertad.





Con las manos deshechas y sangrantes tocaré tus pechos
y daré cuerda a los relojes que relevan tus latidos y destiempos.





Tragabas hojas secas para asesinar al verano
que te surcaba como un parásito, sin traicionarte.





Tus ojos
agotan toda la realidad.





Me sacrifico por enterarme de lo que ya sé.
Lo imposible nos educa.





¿Es la poesía una satisfacción sustitutiva?
Astillas que nadie se clavará nunca.





Comienzo a escribir
para dejar de conocer.





Me dijeron que era muchos en uno.
Pero querría ser uno en muchos.





Celebro que mi boca
guarde aún saliva impropia.





Cuando supe que el caos no era el orden que más me convenía,
admití la revolución conservadora de enamorarme.





Una ventana observa a través de mí:
cuando debemos elegir, inicia el calvario de nuestra libertad.





La intemperie es nuestro más logrado refugio.
Quiero que tus besos sean muy invasivos.





Un laberinto se extravía en mis pensamientos:
el ciclo cesante de la vida.





Las páginas del calendario te arrancaban las uñas.
Tus aciertos fueron tus peores educadores.





Del olvido se regresa:
ese es el sabor de todo río tributario.





¿Ese gesto es una sonrisa
o una imprecación de odio?





He tachado tu nombre
en el vidrio trisado y falto de higiene por el que miro el mundo.





Entre lo inevitable y mi ingle
están tus considerandos.





Sólo veo monstruos
en el test de Rorschach.





Frente al espejo me unifico.
Sólo algo deja de ser nuestro cuando lo obtenemos.





Qué hundimiento más elevado el de cualquier renuncia.
Un encuentro es una variante de una pérdida.





¿Exéntrico o centrado?
Sé muy bien hasta donde puedo hundirme.





Y mis manos cubren tu cuerpo como hiedra en un sismo.
Y tenemos un abismo como techo.





Me niego a ser autor de mis postrimerías.
No es necesario simbolizar tus ojos.





¿Es esto un laberinto de espejos
o por fin comienzo a reconocerte?





Al analogar al ser se da la poesía,
se da el cegarse con un sol muerto.





Un poema es una ardentía
donde siempre participan tus ojos.





Me olvido de acordarme de vos.
Lo que no puede recrearse simbólicamente, sigue siendo lo más puro.





Me sumerjo dentro del río
para defenderme de la lluvia.





Cómo lesionar a la locura -decías-,
cómo administrar toda esta lluvia.





El fuego de tu llanto apaciguó mi serenidad.
A tientas te toco en la luz, con la precaución del que habita la sombra.





La distancia tan cerca de mí;
un muro es mi vía regia hacia los humedales del bajío de tu vientre.





Hay en tu boca materia fecal y reflectantes,
quiero que tus labios me recorran como una metástasis.
(Dedicado a Princesse Sadique - V.C.)





Mi saliva es un afluente de tu sexo.
¿Por qué tu cuello se aloja en todos los poemas que leo?





Toda continuidad, ascenso o antorcha es una sanción para la lluvia.
Desde adentro, espero verme ingresar aquí, a lo inaccesible.





El caos se va haciendo más focal a medida que tus actitudes se emancipan.
La belleza es un mecanismo de defensa.





Pupilas esteparias. Inmigro hacia lo foráneo.
Soy feliz porque la felicidad es un vicio exclusivo del género humano.





¿Por qué la mudez es inaudible cuando desoigo lo que no decís?
¿Por qué el silencio es insonoro cuando la afonía azota a tus labios cerrados?





Me agrada sentir los latidos de tu corazón con mi lengua.
Tus dientes se notan irregulares por las marcas en lo austral de mi carne.





Para hacer que las llamas quemen con mayor intensidad, las apago.
Y tu tacto es lo que queda de esta lluvia.





Todo lo que escribo en mis poemas termina sucediendo;
somos el blanco imperfecto de ese significante.





La poesía instaura una estrategia de iniciación con cada muerte.
Por suerte la poesía nos torna ciegos.





Necesito ser un espejismo de lo que no soy.
Aún resiste un pájaro que no se ha olvidado de cómo volar.





Esta lluvia horizontal incluye labios resecos en sus arpegios.
El silencio es mi gemelo parásito.





De niño arrojaba piedras a un loco que vivía en la calle.
Hoy esas piedras vuelven poco a poco a mis manos y mi sombra se edifica con ellas.





Somos dos pétalos de distintas flores deshojados al mismo tiempo.
Elijo en vos el lugar de mi caída.





He sabido de Dios a través de la indiferencia y la razón.
Mi doble está frente a mi pero... ¿es esto un espejo?





Siempre es preferible sonreir aunque nuestro labios estén deshechos.
No hay nada más grotesco que la realidad humana.





Este cielo nublado no es una cámara funeraria,
es la lágrima de sangre que cae por tu mejilla.





El sol es el estruendo de la luz,
tu muerte es una unidad de medida.





Tus ojos poseen disciplina de acantilado,
por eso tus pupilas están instituidas por genistas.





Después del sexo la lluvia sigue siendo un malentendido:
he ahí la verdadera castidad.





La belleza es una indiscreción, un conflicto defensivo, un equívoco anómalo.
La belleza es un leit motiv no repetitivo y tengo baja tolerancia a ella.





Morimos con las ramas pero no sino a través de los nidos.
Entonces la vida comienza a tener algo de sentido.





Hay un pinar en tus pupilas.
¿Por qué extinguir mis manos de alrededor de tu cuello?





La autopsia de la lluvia arrojó como resultado tu testamento inoficioso.
Hoy la muerte da a luz la tumba de mi nacimiento.





Siendo muy niño vi llorar por primera vez a un anciano. Así aprendí que la tormenta no existe sino en el temblor de las manos, que la amargura nunca se pauperiza.





No estás detrás de un cristal:
sos la rajadura de ese cristal.





Entre el que no podría ser y el que no se sabe que soy
existe un espejo inestable.





En la poesía no existe la piedad.
La lluvia es un espejo demasiado ineficiente.





Qué bueno es morir y ver un túnel al final de la luz.
Entonces mi agonía se va fragmentando en árboles.





Me emularé en las palabras hasta que mis años se encuentren
con el todo del comienzo, hacia atrás del nacer.





Tu aroma engendra mi espalda arañada. Mi espalda arañada está escrita en una página:
escribir una página es tu aroma.





Introspección:
tumulto abisal donde empiezo a tener miedo.





El hecho de inyectarnos el cielo nublado es el fiel de la balanza.
En un platillo de la misma están todos los partos más tristes. En el otro, yo: hemos logrado el equilibrio.





Nunca volví al cementerio donde está la tumba de mi padre.
Me dediqué a equivocarme y así evidenciar la combustión espontánea de las palabras talladas en su lápida.





Sólo quiero rodearme de elementos muy poco exóticos: un destino que no me ofrezca futuro,
dos ventanas y el pulso irregular que me palpo en todo momento.





¿Para quiénes escriben los que escriben en mi?
Sólo se puede morir, en definitiva, de una sola cosa.





Nos leemos a Borges con gemidos:
hemos trascendido el sexo.





Decime si todo ésto
es demasiado arbóreo para vos.





Estas líneas son muy previsibles
ante una mirada muerta.





Nuestra cama es un teatro de operaciones:
luego quedan las sobras que tu perversión siempre apetece.





La nieve cae copo a copo sobre la tundra, cada uno en el lugar que le ha sido designado
por un orden superior que no me interesa comprender ni utilizar.





Podemos vivir sin palabras.
La poesía es asumir un riesgo.





Logofilia: expresión comportamental de la sexualidad
en la que se gusta de leer.





Confío en que todos los sentidos confluyen en tus ojos, en cierta excreción
y en el propio lado izquierdo del córtex cerebral.





Deshago todo
para rehacer tus deshechos.





Querría que las palabras que uso no abarcaran nada.
Un lenguaje que vacíe el lenguaje.





Martillabas mariposas.
La poesía es una reptición permanente de caídas hacia el margen.





¿Nuestra horizontalidad dejó de ser casta?
Entonces agradezco a tus fluidos la compulsión de cada embate.





¿Una metáfora es una intimidación?
Y esta luz que no revela sólo me cura las heridas que me provoca el hecho de que no te hayas ido





Con una grieta de tus labios secos me corto las venas del cuello.
Una mentira no creída se torna en la verdad más inmaculada.





Cuando las aguas densas del río sean nuestro cortejo fúnebre,
nuestra fantasía cobrará vida impropia.





Y así la noche cierra sus piernas,
pero yo estoy entre ellas.





Resignificar la desmesura, establecerla en las cuencas vacías de mis ojos.
Tu sexo excitado es un atajo hacia el océano.





La creación no existe; lo único ascequible es la re creación.
El cielo de tu imagen unificó todos los métodos de la belleza.





Para tus ojos no hay categorías. Tus ojos son.
Cualquier sistema es un disimulo permanente.





La tierra, descrita desde el abismo de lo terrestre, es cielo.
El silencio forma parte de algo mayor que la palabra.





Cada gota de lluvia está constituida por un diluvio.
Me salvo de mí mismo hundiéndome en la belleza.





Coloco un espejo frente a otro y en ese efecto de repetición que surge, en ese laberinto infinito de la imagen
que se clona a sí misma, de pronto se halla una grieta, un colapso óptico; sólo de allí puede nacer la poesía.





Hay ciertas maneras de perder la razón que me recuerdan
a cuando aprieto el gatillo que significa mirarte a los ojos.





Y ahora la infancia es sólo el rozar con las pestañas
los pechos de una mujer en deshuso.





Afilo tus ojeras y con ellas acuchillo lo que no fuimos sin que nos importara esa ganancia.
La poesía en acto.





Tu lengua como un laparoscopio.
Una vela encendida en medio del desierto es un hecho muy malintencionado.





Hacemos lo imposible
para lograr el desequilibrio.





La palabra en el poema es la consecuencia
de un rasguño, de ciertos lugares de desencuentro.





Las lágrimas
ya no esperan por unos ojos.





Las palabras se arrojan al vacío en un suicidio indispensable,
pues sólo así se establece un poema.





Un poema es lo inesperado
ante cualquier límite.





Querría saber cómo hacer para que las palabras quedasen fijadas al papel
y no reaccionaran como un estallido de exilios y pájaron que nunca despiertan en pleno vuelo.





Antes te utilizaba como espejo.
Ahora te uso como mi propia imagen.





Estas pocas palabras,
son mi triste manera de existir.





El lenguaje es inocente:
sólo puedo hablar con el abismo.





Entre la nieve del día blanco, vestida de sedas y piel clara, bajo las nubes, con la voz encalada,
entre los árboles lechosos y las hojas seminales, sobre los charcos de algodón, estás sucia.





La muerte es inmortal y viene desde la nada,
de la que nunca parte y sin embargo llega siempre a todo.






Nada más irrespetuoso que la muerte.
Nada más muerto que el color.





Me desvestiré de negro para negar los rugidos de la claridad.
Y mi llanto, como bien sabés, está edificado con la madera de un trino.





Tu lengua es un túnel y una costumbre.
La humedad es un lienzo donde suelo no esbozarte





Cuando las acciones del lenguaje se me tornan una máscara,
una malintención y una catástrofe, yo escribo.





La curva de Koch, el triángulo de Sierpinski,
el polvo de Kantor y tus ojos.





En tu rostro una poética labial me besa y me susurra
el culto de compartir para siempre lo que se ignora de la lluvia.





La noche es la escencia,
las palabras son sólo su remanente.





Comienza a llover y te movés entre las gotas
sin que ellas te toquen, inquietantemente mía.





¿Por qué es tan evidente que el mar es un apéndice de la ola o que los trinos
generan pájaros a partir del pico cuando lo foráneo a la poesía queda abolido?





Mirarte donde se podía verte, donde se puede verte o se podrá verte
no es mirarte.





Sólo hay un rezo posible: una herida. O quizá dos: una herida y una sanación.
Quizá haya tres rezos posibles: una herida, una sanación y tu cintura.





La primera palabra que escribiste
y la primera lágrima que imaginaste han sido la misma.





La lluvia se retracta y la muerte de un niño es esa retractación;
la muerte de un niño que también cae del cielo, pero desde abajo de la tierra.





Te dormiste sobre mi pecho
para demostrarme que la belleza es un bien acariciable.





La poesía es una ética fuera de otra ética.
Un colapso es sólo una mañana. Tan frágil el mediodía sin mí.





La belleza es una construcción
remanente de un ruido en el mensaje.





¿Y qué si quiero
ser tu transpiración?





La poesía es un sistema muy sensible
a las variaciones en las condiciones iniciales.





Atractores extraños y fuerzas contrarias que se jalan la mañana.
Tus ojos revelan la trayectoria elíptica de un sistema en movimiento caótico.





Un sueño dentro de otro sueño que está a su vez fuera de un tercer sueño:
sólo así puedo definirte.





Pensás todo menos la poesía:
ella se piensa sola.





La belleza es un riesgo permanente.
Sabrás adjetivar estos puentes sin vivir en el intento.





Una flecha se dobla y se clava a sí misma;
pero antes apuntó a tus desbordes.





Siempre me emociona lo no dicho.
¿Cómo desaprender a perderte?





Nos dice la física que si la materia y la antimateria colisionan, se suscita una gran energía.
¿Si colisionan un poema y un antipoema, también se accederá a una especie de estallido? Este potencial sino energético es lo que sigo buscando.





La nada puede ser inestable.
La poesía puede ser inestable.





Se denominan neuronas espejo a una cierta clase de neuronas que se activan cuando una persona
desarrolla la misma actividad que está observando ejecutar por otro individuo.





En tus ojos se mensuran las cortezas, se circunvala lo telúrico, la serenidad torrada y leñosa;
la opacidad melífera de tu campo visual, la norma estricta de tales astillas pupilares, dos estacas del tiempo.





¿Está la poesía atada al tiempo y al espacio o su trascendencia
sería también una carencia, de límites y descuidos en igual concentración y estigma?





¿Si escribo un poema en un espejo podría multiplicar su alusión a tu boca variando el ángulo
reflectante hasta que uno de esos ecos visuales coincidiera con mi boca que recita el poema?





...la autoexpropiación
de generar literatura.





Pluralizo los alcances de mis labios.
Un poema somático te define aquí entre mis brazos.





Tus ojos se vierten de la marea de una gota.
La marea de una gota se vierte de mis creencias.





¿Y si el lenguaje alusivo procurase claridad?
Cada poema crea a su propio poeta.





Tu desnudez es el nido de un pájaro hirviendo:
la poesía aplicada.





¿Será que mis palabras son costras de la herida
cicatrizada del abandono que supone el poema?





Me beso en los labios a mí mismo
como un caníbal del deseo y la distancia.





Sos un puente que está aferrado a sólo una de las márgenes, pero está aferrado por tan sólo mis ojos.
El hecho de pretender modificar el paraíso ha sido siempre tu ecosistema.





Si por ejemplo ignorásemos qué es una flor,
podríamos conocernos realmente y conocer al mundo.





Los pájaros, dentro del río, repiten los movimientos de un pez fuera del agua.
He mordido tu corazón. Mi risa es tu latido, tu diástole con aliento a malvones.





He sembrado y cultivado amorosamente,
hasta verlo crecer muy grande, este humilde precipicio.





Cuando la noche se muera, quempa su cadáver
y arrojá sus cenizas sobre mí.





Quiero que te lleves de mí esta agonía y que la entierres,
pero sólo donde mis manos puedan alzanzarla.





Un bosque de uñas ha arañado mi espalda y mi sed.
La lluvia es un resumen de tu cuerpo.





En tu reflejo siempre fui un cadáver, pero en realidad sólo era una tumba.
La lluvia nunca es discreta.





Una red de noches une al mundo
y eso es tu cabello.





Quiero que tu boca
escanee todo mi cuerpo.





Las gotas de la lluvia
son nuestro calendario.





La primavera ha rudimentado su ictericia
por todo el sauce que me lleva hasta tu pulso.





¡Con qué frecuencia andan tus ojos
por el área de Wernicke de mi cerebro!





Si el ruido cae en un bosque y no hay ningún árbol
que lo desoiga, ¿se cayó realmente?





Tus ojos son un mantra que pace por mis días y elocuencia onírica
como patrón que me perjudica esta sensación de asco.





Escribir poesía
como preparación para la locura.





Hay una profecía que habla de tus labios,
los cuales están por suceder en un lugar muy poco explicable.





Parpadeando muy rápido
comprendí tu cabello.





Sé que la noche contiene otra noche -sin las sobras de tu mirada glauca-
que contiene a su vez mi interior.





¿Cuántas compuertas deben trasplantarse para agregar
una ausencia que quepa entre tus muslos?





Camino de evolución:
la empatía.





El rebote especular del lenguaje en tus ojos y la isometría del miedo
me continúan hacia el concepto de que el poema debe reescribirse solo.





Me deshago
como vos me harías.





Cuando el labio no mordido es mordaza,
la lluvia es un grito concensuado.





Si pienso en pensar, simplifico el pensamiento.
Cuando no hablo de mí, soy el mismo del que hablo.





La herida estaba escrita con caracteres muy poco ofensivos,
por eso le recomendé a la lluvia que repitiera mi entierro.





Para soltarme de mí mismo dejo de aferrarme a tu mirada
y sólo así puedo padecer la luna de estar desenamorado.





Instalo tu imagen alrededor de cada pared.
Me piden ayuda desde mí.





Este golpe sin contacto hizo que el mar quiera secarme de sí mismo,
que la noche ya no se compruebe en mis graciosos pedidos de auxilio.





La niña pregunta a su padre: "desde cuándo está lloviendo"
y su padre ya no va a regresar.





Si la decadencia fuese naufragada en gotas
no serías su desnudez ni su recato.





Bajo el océano
la lluvia es siempre árida.





En el temblor de una hoja,
una migración de disonancias. Y la música mirando.





Vivo indirectamente a instancias de mí mismo.
Perjudicás al rosal cuando lo mirás.





La niña, abusada por la música,
llora un requiem de armonía muerta.





Sólo pueden ser parte de un poema
aquellas palabras que se te arrojan al cuello.





¿A qué causalidad responden los trazos de las nervaduras de las hojas secas?
¿A qué causalidad responden los trazos de mi caligrafía en un poema que se refleja en el metal del broche de tu corset?





Me dedico a mirar por todos los ojos de las cerraduras,
y cada vez que observo a través de uno, veo tu pupila del otro lado.





¿Será que se puede hacer el amor
sin que caigan las hojas secas de los árboles?





El trueno es la única manera que tiene la divinidad
para balbucear el sentido de lo pagano.





Entonces los copos de nieve eran diademas
que no caían: sólo se prosternaban en la estepa.





Tu mirada es la reflectora especular de la poesía.
Sos una represa para el tiempo.





En el aviario de tus ojos reconozco una jaula cuyos barrotes son charcos ópticos.
Cierro el puño y abro el aguacero.





Una tormenta de ventanas ha completado de vidrios rotos el suelo sobre el que agonizo.
Y los pájaros ya no anidan en las ramas de los árboles, sino en sus raíces.





El incendio de las palabras no sirve para quemar
el papel sobre el cual están escritas.





Me palpo buscando el tumor.
Me palpo buscando las flores.





Con mi padre somos la misma ceniza en tumbas distintas;
él bajo tierra y yo bajo el cielo de la noche.





He soñado una estepa cubierta de nieve en un día blanquísimo de luz
-en la cual se erguían los abedules deshojados-, donde me veías sin mirarme.





En el poema las cosas no ocurren por primera vez,
sino por la vez anterior a esa.





Lo trascendental no es la llegada.
Tampoco la salida, sino el momento previo a ésta.





Qué triste que la lluvia
termine habitando bajo los zapatos.





No puedo rehabilitarme de la lluvia.
Tu espalda desnuda es el telón de mi escenario.





Las características sismológicas del poema
obedecen a tus caderas.





...entonces la noche
escribe por mí.





A veces imagino que la poesía está prohibida
entonces todos los poemas son clandestinos.





Escribo para
desconocerme.





Bajo el mar el fuego no produce ni redes ni desoves
y el humo es un arrecife vaporoso.





Arrojo un leño a unas palabras
para crepiten hasta ser poema.





Las marcas de tus uñas en mi espalda caligrafían nuestro sudor
que alterna con una corchea de movimiento.





Si lo dije en voz baja,
lo sentí en voz alta.





El genoma del poema
rivaliza con todo lo que ignoras.





Un poema biológico
me está mordiendo el labio inferior.





Las balas que son tus pezones.
Tu piel que hiberna entre mis dientes.





Tu boca acampa en el sobretrazo
de las semifusas de mis gemidos.





El sudor de las olas
pervierte más tu rocío.





Estos versos pelágicos
ya no laten entre mis muslos.





El testimonio de mi ser perdido, de la extraña huida
que significa evolucionar, es la falta de flores sobre la tumba de mi padre.





Sólo pido, de rodillas, que nunca se me comprenda por completo,
que nunca se me niegue la sobrecompensación de la duda.





Cuando algo excede nuestra capacidad
de imaginación, se transforma en real.





El poema es un desentendimiento pleno de lo creado.
Siempre hay más realidad que descubrir; es la misión del poema.





En el devenir del tiempo del espejo, en la transitoriedad perversa de la imagen duplicada
se producen cortes, como excepciones. Sólo de cada una de esas pausas puede germinar un poema.





Tus ojos inscriben en los destiempos una cesura y una discontinuidad;
los poetas saben que si ciertos párpados se cierran, pueden desaparecer varias palabras del idioma.





Un poema es la única raíz que puede equipararse
a su propia ausencia o a una ausencia impropia.




Cuando hablo, me tiembla la voz; cuando escribo, me tiembla la caligrafía,
cuando callo, me tiembla el silencio; cuando tiemblo las palabras te denuncian.





Tensa el arco al extremo en el poema y luego déjalo ir de golpe y piensa por primera vez en cierta boca.
Quizá la flecha ya acicatea el aire, quizá se clava ya en la diana; es lo que menos importa sobre el papel y sobre los labios.





Admiro a los escritores que no tienen tiempo para escribir.
Admiro los lenguajes que no tienen traducción posible.





El poema es ese punto inexacto, fugitivo y terco
entre la palabra y el silencio.





Me he ganado el favor de los locos, me he postergado
como la lluvia que embosca, como la devaluación de mis manos.





Tus ojos son la proyección de mis emociones
sobre la totalidad de lo existente.





Este lago tan manso, esta tregua líquida es, entonces,
no otra cosa que un estado de atención concentrada.





Y que amanezca dentro tuyo, y que el sol, conforme las horas se sucedan, trasponga lo profundo de tu cuerpo
hasta que de tu boca emerjan rayos de atardecer, y que me des un beso quemado de arreboles en el horizonte.





El mar visto a través
del ojo de una aguja.





Cada vez que muere un poeta -o nace, da lo mismo-,
habría que arrojar un puñado de sal al mar.






Cada vez que dormimos, experimentamos varios sueños.
Entre cada uno de ellos, está tu cintura.





La trama simbólica
de tus parpadeos.





Desaprender la nieve.
Rodar por las escaleras del lenguaje.





Quien escribe un poema,
es náufrago de su propia escritura.





Mecanografío el fuego, los jardines líquidos de tus ojos,
las melodías de todos y cada uno de los reflejos.





El cielo nublado
sólo son tus ojos mal pronunciados.





La torsión de las palabras puede degenerar en un quiebre
que estimule mis gritos debajo del agua.





Estoy castigado de cara a la pared
y esa es la única manera en la que puedo ver tu boca.






La vida está estructurada como un lenguaje.
En cada pérdida comienza un verso.





La marca de una caricia en la piel.
El oleaje de la entrepierna.





Tus ojos son
la intemprerie que no cede.





Las sombras de las ramas de un árbol
al viento, deciden mis movimientos.





Ahora tus cabellos son las ramas de otro árbol.
Y una vez más es un pájaro tu cuero cabelludo.





Sufro de pájaros en las piernas,
sufro los clavos de nuestras sábanas transpiradas.





Aquí nadie le da uso indebido a la noche.
Voy colgado de un jardín.





Me precipito en la poesía para no adicionar la contrariedad
de desconocerme a la incertidumbre de saber quién soy.





Tu piel releva otros mundos
y crea este.





El primer sentido de la palabra
está en tus lunares.





El sistema sucesivo de tus miradas, con sus encadenamientos, implicaciones
y consecuencias, le quiebran el bastón blanco a este poema.





Tus ojos son mi necesidad de ser mirado.
Cuando lo que siento me derrota, escribo.





La perfección es un estadio provisorio.
A la dimensión última del lenguaje, le vas pasando los labios.





Mi vida cabe en un grito.
Que la palabra sea lo que nunca debió ser.





Mi agonía tiene la vestimenta en jirones.
Mi alumbramiento lleva la ropa limpia. Yo voy desnudo.





Soy quien sueña y soy el pájaro que sueño, soy su vuelo y su caída, soy también la fantasmagoría
y todos los objetos del sueño, soy el sueño mismo y soy también quien me sueña.




Soñé que era el invitado indeseado de mis poemas, que era su pasajero maculado,
Su riesgo, su exiliado, su superviviente, sus memorias y provocaciones.





 
El deleite estético que impone tu boca,
descansa en mi saliva como fundamento de atracción y repulsa.



 

En la correntada de tu cabello me inicio.
Afirmo mi existencia a través de tus facciones.




Mi imaginación actúa en la percepción consciente, en tu cuerpo,
en la forma en que me miras, me hueles y me preconizas.




 
Ascensión y caída de lo que considero el silencio.
Allí culmina el abismo.


 


 

Escribo entonces para descubrir
si el concepto de Dios es serio.


 


Lo único que se puede hacer con un poema es corregirlo.
Es como corregir el texto de la vida.






La tierra se desnuda en los muertos.
La tierra cuelga del cielo a través de la lluvia.


 



La poesía es una oración no dirigida a ningún dios.
Somos un experimento fallido de la muerte.




 


Mis manos son mías con el permiso de tus pechos.
La poesía nos señala los caminos no tomados.



 


El poema es fuego y el fuego es un resplandor
que sólo lastima cuando acaricia.

                                                                                                   




La poesía es belleza
que no ha sido delatada.






Te necesito tanto porque me incompletas.
Hoy es la palabra lo que me deshumaniza.





No creo estar hecho de tiempo,
sino más bien de distancia.







Este era el camino hacia tus senos.
Camino que ya nació conmigo.

martes, 17 de mayo de 2011

Nomanclátor Poesía: Golpearse los labios y el aliento con un mediodía

Ella sintió que un vidrio fuliginoso y trisado
las separaba e impedía que sus manos se tocasen.
Ella quería entrar en ese vacío, en esa longitud
y abrazarla una vez más, pronunciarla de nuevo.
Pero ambas estaban del lado de afuera.
Cuando su madre murió, Emma tenía diez años.
Fue como la duración de un grito, como la proclama
de la creación de un nuevo silencio.
Dos días después del fallecimiento, ella escapó del colegio y,
tiranizada por el llanto, se dirigió al cementerio.
En sus pupilas ya lo había perdido todo.
Una vez frente a la tumba de su madre,
desatendiendo la tierra recientemente removida
y al pájaro que piaba como la impureza,
extrajo de su bolso un marcador negro
y a la foto que se encontraba en la lápida,
foto en que su madre aparecía demasiado blanca,
demasiado gritada por figuraciones de ceniza,
le pintó gruesos bigotes rizados.
Jamás contó a nadie que había sido ella.
Y mucho menos a Juan Cruz, claro.



Quién velará por ese fuego valeroso
que enciende tu nombre en círculos.
Quién deslizará sobre tu piel maneras cercanas
y sabores convencidos.
Caminando por la calle, tomados de la mano,
creciendo entre las visibles formas de la convicción,
sabemos que pertenecemos a un rumbo de suavidad,
de tarde trasudando duraznos, de canción resistible.
Siempre nos amamos bajo la lluvia,
detrás de cada registro del invierno,
mirándonos desde el convencimiento y la sombra,
sonriendo ante los embates de la proximidad y el reintegro.
Y así el horizonte puede cortarnos
en cualquier trazo de asfalto de la ciudad,
con su ígnea estructura,
perdidos entre nuestras maniobras de deseo,
adiestrados en piel mutua, consideraciones de lo cálido
y sangre nuestra.
Y una palabra basta para consumar nuestros impulsos,
para traicionar la indiferencia.
Quién velará entonces por nuestra predilección por lo corpóreo,
por la sudoración unificada,
por el fuego diverso de lo compartido.
Siempre apelo a tu belleza.
Me santiguo ante su pluralidad, ante sus días y decretos.
Siempre me desvisto ante tus ojos cerrados.
Adivinándome te sé plena de sentido.
Buscamos en cada mención del otoño
un símbolo de conspiración que designe acompañamiento,
con una omisión triste,
resueltos a un aroma conceptual, con polen.
En tu abrazo se copian mis quietudes, mi permanencia.
Entonces quién decidirá nuestras conquistas,
las brasas que nos visten, nuestro amor consecuente.
Sabremos quién va a solicitar una prórroga del fuego,
del invierno como beso, de lo que nos dependemos.
Y las heridas son frutas maduras.
Sabremos que la muerte es un vínculo vuelto de espaldas,
que la cercanía implica una duda,
que mientras dormís soy quien camina descalzo cerca de tus labios.
A la sombra de un faro me evidenciaste
tu piel razonada de soltura y de cobre.
Convinimos cortezas en tus pupilas,
cascadas terrestres en tus cabellos.
Y la arena instó en la intimidad su elemento.
Así fue que el mar fumigó nuestro cansancio
y su premisa innovó en nuestras maneras.
Me he detenido desde entonces en esa brisa salada, en ese margen.
Creo que de allí no nos iremos nunca.


La noche respetaba todas las pasiones de Juan Cruz y Emma.
Les infundía compromisos, los manipulaba en turnos suaves y contraindicaciones.
Solían mirarse demasiado a los ojos a esa hora dudosa.
Podían pasar horas haciéndolo, en silencio, sin interrupciones,
olvidados en la decadencia de las intenciones y los impedimentos.
Pero esa madrugada lo habían hecho durante más tiempo que lo corriente,
quizá con intensión de extraviarse con mayor profundidad
y expiación en la tierra o el follaje.
Estaban sentados en la cama destendida,
con las piernas cruzadas, el uno frente a la otra,
tomados de la mano con los dedos entrelazados.
No ignoraban los feroces instintos, el corolario de la apariencia.
Alquilaban una pequeña habitación sobre la calle Corrientes.
Desde allí intuían la ciudad como un poema,
extendida como una pauta gris, sin precauciones, sin coherencia.
Luego encendieron sendos cigarrillos y ella comenzó a cantar.
Lo hacía realmente muy bien. Se emancipaba en la conveniencia de un registro,
en las melopeas contrapuestas al día.
Juan Cruz apagó la luz.
Las luminarias de mercurio ingresaron sus cutículas por la ventana
encendiendo el rostro de Emma de manera inacabada y fría.
Estaba hermosa.
Seguía cantando y fumando,
continuaba regresando a esa libertad que la caracterizaba,
a esa infancia cercana e insistente
que no pasaba desapercibida ni por un instante.
Empezó a desnudarse.
Pasaban mucho tiempo desnudos, sobre todo de madrugada.
Hacían mucho el amor, se anegaban de esa sonoridad
de los cuerpos en trato cercano, de esa congruencia,
del natalicio de un compendio de sudores, de cada humillación y cada regreso.
Ella regresó a la cama y comenzó a besarle las rodillas.
Después se hicieron cosquillas. Rieron y rodaron hasta caerse de la cama.
Comenzaron a hacer el amor y la risa se fue trasmutando en un jadeo intenso.
Ella lloró. Él le acarició el pelo.
Le mostró la ventana; la luna se discernía
como un pétalo de cera, como una hojuela de masilla.
No tenían precauciones para con sus duelos.
Ambos lloraron entonces, porque también lloraban mucho. No sólo de madrugada.
Emma se limpió las lágrimas en el brazo de él.
Recostó su cabeza contra su pecho.
La luz que entraba comenzó a cambiar su fisonomía por una más morada; amanecía.
Juan Cruz lamió los restos de las lágrimas que refrescaban su antebrazo
y percibió la sal, la credulidad y el desatino.
Se quedó dormido.
Ella comenzó a apretarse la lengua con los dedos,
cosa que siempre hacía cuando la captaba la melancolía.
Desde la calle se iban multiplicando los ruidos
pues la ciudad comenzaba a activarse.
Eran sonidos poco invasivos, como sus conceptos de las privaciones.
Emma sabía que llegaba la hora de dormir para ellos,
que debía comenzar a involucrarse una vez más
con los sueños afligidos que se sucedían día tras día,
donde convergían seres que ya no estaban,
una tumba y cierta luz en retirada.
Sabía que él, como siempre, estaba inmerso en una pesadilla,
su respiración se lo advertía,
en un sueño gris que le contaba minuciosamente al despertar,
sueños en los que ella no estaba;
deseaba poder asistir a esos lapsos de sombra y consternación,
tomarlo de la mano y juntos evadirse,
nadando mar adentro en busca de una muerte fresca y translúcida
que le hacía tanto bien en su propio sueño.
Entonces por qué evitar el signo del cansancio
que distrae su perversión con lamentos que se vienen arrastrando.
Por qué posponer el sueño, la risa.
Por qué no dejarse ir entre las sutiles distancias
que implica lo onírico, por qué no volver a esa región
que tantas veces contagiaba la vigilia.
Se apretó la lengua con más firmeza y se tiró un poco del pelo.
No voy a gritar, se dijo. Besó a Juan Cruz con suavidad en los labios
y frotó su mejilla contra la de él. Entonces comenzó a oler a flores.
A veces le sucedía.
Podía ocurrir en cualquier parte, cuando menos lo esperaba.
-Lúdico procedimiento, arma del fluir-.
Un poderoso olor a flores le llegaba con tanta nitidez
como si tuviese un ramo frente a la nariz.
Fresias, quizá. No lo sabía.
Duraba una media hora y se retiraba de manera gradual. Sonrió.
Juan Cruz se despertó sobresaltado.
La materia del sueño lo decidía desde antes.
Se sentaron nuevamente en la cama, el uno frente a la otra.
Se tomaron de las manos con los dedos entrelazados.
Volvieron a mirarse de nuevo durante un tiempo enorme,
sin interrupciones, con suma concentración, llenos de apostasías,
porque con ese signo lograban que todo sea suyo, amablemente:
la muerte, el dolor, las consecuencias.
Así eran propietarios de la hondura.


Sí, Juan, dijo Emma. Luego del funeral de mi mi hermana
uno de los sepultureros me convidó a escuchar jazz y beber vino.
Rehusé la invitación: le dije que eso es un monumental lugar común.


A Emma le gustaba ver, todas las tardes, la puesta del sol,
con la lluvia entre la lengua, con una canción
fuera del vestido húmedo, con la brisa.
Juan Cruz prefería, a esa hora, concurrir al bar
de la esquina y ponerse a leer algún libro.
Emma, para ello, se dirigía a la terraza ajada de la casa
de departamentos donde vivían y, paulatinamente,
como los fieles asisten a misa, asistía a aquellos
incendios que abrasaban el horizonte.
Él, bajando la vista del libro,
sabía que en esos momentos los ojos de ella
estarían reflejando llamas, arabescos de sangre ardida
que daban paso a la noche, y leía:
"Para qué tocarla ahora, para qué entristecerla".
Emma recordaba que cuando era pequeña, el crepúsculo la aterraba.
Entonces, cuando sobrevenía este recuerdo,
escapaba de la terraza y de esa deflagración,
bajando los escalones de dos en dos,
deshojándose a destiempo,
corriendo hasta encontrarse con Juan Cruz en el bar,
y se sentía mejor.
Le contaba las características del ocaso de ese día,
de manera minuciosa, precisando colores, estructura, analogías.
El le leía: "donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno,
con sus ojos abiertos entre el rocío".


Entre el erotismo y nuestra historia, elegimos el grito.
Tengo miedo, Juan Cruz.
Tengo miedo de tus besos y tus respuestas.
Miedo de los versos que algún día vas a escribir sobre mí.
Y mientras tanto huyo de todos porque huyo de mí.
Me llamas por tu nombre y respondo.
Soy la desventaja de tu canto, de tu agresión.
La convicción de tu aspereza.
Allí donde hay vacío, hay una ceremonia
que podrá ser la respuesta a todas las cosas.
Me gusta que me cuentes de tus miedos
y yo hago fuerza, realizo una gimnasia mental
para temerle a esos mismos sucesos que me compartes.
Para que seamos una misma epidemia.



-¿Segura que me va a resultar inestimable? -consultó Juan Cruz.
-Te conozco -dijo Emma-. Va a generarte uno de tus regocijos lacrimosos:
vas a poder coleccionar el momento, recaudarlo con llamas.
Hacía tres horas que viajaban. El quería volver a los ojos de ella y empezar de nuevo.
Tomaron el tren temprano, de manera que no habían dormido.
Tenían un poco de frío, cierta dicción trabajosa, cualquier conicidencia.
Había muy poca gente en el vagón.
La mañana mandaba una luz tan clara que les resultaba corrupta.
Ella iba recostada sobre su hombro, del lado de la ventanilla.
Por dentro cantaba el tango campero "Yo no soy Rosendo Alsina".
La sucesión de sembradíos le causaba cierta añoranza irónica,
producto de recuperar determinados momentos de infancia.
Tomó la mano de Juan Cruz y comenzó a chuparle el dedo índice.
No lo hacía con intención sexual;
solía realizar este acto cuando se encontraba ansiosa, pues la apaciguaba.
-¿La sucesión de sembradíos te causa cierta añoranza irónica? -le preguntó Juan Cruz.
-Sí. ¿A vos?
La mecedura que prodigaba el tren resultaba soporífera
en conformidad con esa luz, con ese desvelo.
-A mí me recuerda a tus ojos.
-Se parece un poco a cuando tenemos sexo.
-Es verdad.
-¿Corremos por el tren? -preguntó ella.
-Por supuesto.
Él comenzó a trotar por el pasillo, seguido por ella.
Fueron trasponiendo vagones, agitados, riendo.
Resultaba desprolijo el avance, pues el tren se zarandeaba bastante.
Cuando llegaron al final de la formación, se abrazaron y se besaron.
Se sentaron en el piso, apoyados contra la pared de atrás del último vagón.
Seguían riéndose, todavía sin aliento.
Afuera circulaban altos pastizales color ocre.
-Quiero tocar el pasto -dijo Emma.
Con ayuda de Juan Cruz, sacó medio cuerpo por la ventanilla.
Él la sostenía por las piernas.
Estiró un brazo y sintió la caricia tosca de la pastura.
Era una caricia severa, que mandaba olor vegetal.
Cerró los ojos y percibió con firmeza
que el viento le hurgaba en la cara, el cuello y se extraviaba por sus pechos.
Lo consideró un ultraje satisfactorio, silvestre.
Cuando él la devolvió dentro del vagón, ella se agachó y le besó una rodilla.
Desandaron el camino y retornaron a sus asientos.
-Ya alcanzamos las cuatro horas de viaje -dijo ella.
-¿Me limpiás los dientes? -consultó él.
Emma se sentó sobre sus piernas.
Colocó la boca sobre la suya, y de manera prolija,
comenzó a pasarle la lengua por cada uno de los dientes.
Se tomaba bastante tiempo al trabajar cada pieza dentaria,
con movimientos circulares dotados de estabilidad acolchada, húmeda.
Él cerró los ojos y la dejó hacer, abandonándose con placer a la tarea.
Los movimientos ondeaban su regocijo, detonaban un fogaje esperable.
En ese trance, el tren comenzó a detener su marcha.
Llevaban más de seis horas de viaje.
-Mirá, esta es nuestra parada -dijo Emma.
Bajaron. La estación era pequeña y descuidada.
Emergieron del andén y tomaron un camino de tierra.
Avanzaron luego por una explanada tapizada de pasto
y ascendieron por una cuesta.
Cuando llegaron arriba vieron un cementerio con tres tumbas.
Estaba circundado por una verja baja
y las tres lápidas estaban densamente talladas.
Eran hermosas. Resultaban, de una manera barroca,
de pleno fuera de lugar en aquel ámbito rural.
Más allá del breve cementerio, se extendía un intenso campo de flores.
Un pájaro trinaba muy cerca de ellos.
Miraron el paisaje durante alrededor de diez minutos, sin hablar.
-Bellísimo -dijo Emma-. Ahora volvamos. La estación de ómnibus
está por acá cerca y nos aguarda un largo viaje.
Juan Cruz cerró los ojos y sonrió. Inspiró profundamente.
Se agachó y besó el suelo.
Después la tomó de la mano y emprendieron el regreso a casa.


Perdón. No puedo apartar mis ojos de tu frente.
No puedo apartar mis venas.
Mucho menos estas manos que rodean tu garganta.
Amarme es gritar. Amarme es oponérseme, le gritó Emma.


Emma Monelle: Me refiero
a llenarte el pelo de invierno,
para que el gris sea lacio
y el frío te caiga sobre los hombros
y yo pueda acariciarlo.
Hoy el mediodía es tu muslo
reptando por mi cuello.
Hago cumbre entre tus piernas.


Cada alrededor de dos semanas, Juan Cruz compraba una gran cantidad de flores.
Se las hacía enviar a su habitación
y junto a Emma completaban con las mismas todo el ámbito.
Entonces se revolcaban sobre ellas en el piso tapizado por las mismas,
desnudos, para potenciar el contacto de la humedad y el aroma vegetal.
Se llenaban también con flores las bocas y así se besaban,
intercambiando sabores verdes y mucha densidad en las salivas amargas.
Disfrutaban de hablarse con la boca llena de flores.
Las masticaban formando un considerable bolo
que les completaba la cavidad oral,
y se dirigían sendos discursos, pervertidos aun más por la acción de la risa.
Decían que se trataba de un nuevo idioma,
idioma primaveral y redundante, donde la palabra muerte
sonaba idiota y por eso menos accesible.
Ella disfrutaba de introducirse sendos tallos de flores en cada fosa nasal
y hacerse cosquillas hasta estornudar.
Él ofrecía flores machucadas a cada anciana que veía pasar por la ventana.
Así pasaban algunos días, y ellos seguían arrojados sobre la cama
tapizada de flores que ya comenzaban a pudrirse.
El aroma en la habitación empezaba a ganar peso,
a tornarse voluptuoso y a veces los hacía sentir descompuestos
y sobre todo vivos.


Emma Monelle, aún recuerdo el día en que nos desconocimos.
El río invirtió su curso y tu espalda se tornó en una sustitución y una semilla.
Mi cuello cercenó una espada. La noche seguió siendo un agravio.
El orden riguroso e ineluctable de tu descontrol.
Nuesto presente no es nuestro presente:
es el pasado de cierta región, de cierta conducta.
Nunca leíste un libro directamente. Siempre los leíste reflejados en algún espejo.


Cada tanto se exponían a la noche.
Subían a la terraza y se desnudaban
(a veces se quitaban la ropa en la intimidad de la vía pública)
y suministraban sus cuerpos y correlaciones al cielo poco estrellado,
reescrito en sus oficios insomnes,
en sus retiros y escasas abstinencias.
Y el frío o el calor los conducían al desorden de sus culpas
que querían evidenciar ante la sombra,
como un rito o una espera que no debía volverse intuitiva,
como los besos o la elocuencia.
Y así, tomados de la mano miraban hacia arriba,
hacia lo más bajo de la altura,
y sabían que sus buenas acciones
serían perdonadas por la oscuridad, por la redundancia.
Y en medio de esa cifra se enamoraban más,
se hablaban cada vez más infantilmente,
renunciando a renunciar,
deseando hablar desde el otro,
a través de un grito susurrado y monótono hasta lo diverso.
Porque ese altar de penumbra identificaba
lo que no eran para empezar a ser,
y se pertenecían en esa instancia y en esa denuncia.
El amor era su inclinación más inaugural,
pues con cada mirada originaban un paso.
Tendían puentes donde no hacía falta.
Luego se contaban los reflejos
que las luces perdidas de la calle
les depositaban en el cuerpo,
en una memoria audaz y poco mezquina.
Siempre se reían. De manera compulsiva.
En eso radicaba la diferencia con cualquier fogata,
con ciertas urgencias pacientes.


Ella se me acercó a mí, dijo Juan Cruz a un chico,
que lo miraba con pasivo gesto de sorpresa.
Era un niño de la calle, astroso, y Juan Cruz le hablaba.
Ella se me acercó a mí, le dijo.
Me preguntó si yo sabía por qué se me había acercado.
Yo le dije que no sabía y me respondió: me acerqué a vos porque leo a Nietzche.
Yo le pregunté qué libro de él estaba leyendo y qué página.
Leo Ecce Homo, me dijo. Página ochenta y siete. Línea número veintitrés.
¿Qué te parece?, preguntó Juan Cruz al niño.
Éste lo miraba muy serio.
Estaban sentados en el cordón de la vereda, el uno junto al otro.
Le dije que me dedicaba al ocio y a la versificación, agregó Juan Cruz,
y ella rió como muchas muchachas ríen: con registro de fruta madura.
Luego de reír me dijo: creo que el ocio debe tener, como toda actividad,
un sentido, una identidad y una ética, sino resulta aburrido.
Le respondí que el sentido de mi disposición al ocio era,
en líneas generales, reflexionar sobre cómo resultarle por demás atractivo
a una muchacha lectora de Nietzche y con pinares en la vista.
Entonces nos fuimos a caminar.
Ella hablaba mucho, me decía que las flores se le extraviaban con cada grito,
con cada abstinencia, que el rictus del día le dictaba la melancolía.
En fin, esas cosas que Emma dice.
Pero yo no escuchaba todo lo que me decía.
Para serte sincero, estaba extraviado en sus ojos, cubierto por ellos,
como si una suma de follajes se me viniese encima.
Entonces entendí un poco más a Céline.
El chico lo miraba. Tendría unos siete años.
Me dijo que le tenía miedo al mediodía, agregó Juan Cruz.
Como ya nos acercábamos a ese momento del día,
le propuse que nos refugiáramos debajo del banco de una plaza.
Ella aceptó de muy buena gana. Así lo hicimos.
Yo le pregunté si en invierno los ojos se le ponían amarillos,
como pasa con las pasturas.
Estábamos un tanto incómodos debajo del banco
y ella me dijo que no sabía, pues en invierno no se miraba en los espejos,
ya que fue en esa estación del año la primera vez que leyó a Borges.
Con el tiempo descubrí que los ojos no se le tornan amarillos,
sino rojizos, como ocurre con las hojas de ciertos árboles.
Ella me miraba la boca.
Después nos fuimos por Corrientes
y entramos en cada librería de viejo para oler los libros amarillentos.
Le fascinan esos olores: cierto dulzor de maderas.
Andábamos ya de la mano, ya de las ilusiones
y la compasión y los días no sucesivos.
Yo le dije que su boca era lo que Bajtin llamaría un cronotopo,
una suerte de lugar en el tiempo y el espacio
donde principian a unirse todos los sentidos.
Un instante pleno del presente iluminado
en el que se perciben además los fogonazos del futuro.
El niño entonces le dijo de manera muy repentina:
"Por ahí todo eso lo soñaste".


Fue frotando la nariz por el abdomen de ella,
por entre sus pechos mas nunca por su abandono.
Una liturgia dérmica, un ritmo matriz,
una procesión consensuada con la furia
en su faceta más queda.
Aroma a incontención, a esgrima con la sangre y el temblor,
a ebullición, a racimo.
Una cosecha de vellos claros, un falso enigma púbico.
El sadismo púdico de entenderse con el gemido.


Bajo la nieve de mi propio alud,
me sumo al infierno.
Un cuerpo contra el otro
debe ser la única manera de llorar.
Reaccionar a la muerte
con la inclemencia de la piel,
en sintomático perjuro.
Son nuestras videncias
sobre el pasado.
Me gustaba mucho la tierra, siempre lo entreviste,
y arrancaba las flores del suelo o de tu cabello
para volverlas a plantar.


Un rumbo traslúcido y erguido de verticalidad nos moja.
Quizá he aprendido estos trazos en otros fríos, en otras humedades o aristas.
En esta hoguera de paraguas nos protegemos de su percusión líquida,
de su materia auspiciosa.
Desde unos charcos evitamos la confusión de tal llanto,
de tal herrumbre anegada.
Y en ese ahogo justifico un patrón que ya no se repite nunca,
que brota desde tus ojos como desde arriba.
Está nublado y con pericia la precipitación se orilla,
se conduele de mi inconsistencia seca.
Un océano fragmentario aguza verticalidad y escatima decencia.
Entonces cómo dibujar tu furia en una hoja seca,
cómo proteger tus pecados.
Cómo insinuar tus consecuencias sin recetar el silencio.
Perdidos entre las moralejas de la desesperación
nos desviamos de las formas de lo romántico para conflictuarnos en violencias de seda.
Como una llama de trigo en mi cama te siento dormida
y sin santiguarme te genero.
Cuando llegue la mañana voy a oler tus decisiones.
Cómo pretender deshacernos de cada invasión de lo infame,
cómo acariciarnos con hogueras, con las pulsaciones de turno, con las navajas del tacto.
Tus miedos pueden resumirse en el mediodía y la memoria.
Siempre te dormís con el vestido prendido fuego.
Yo me duermo en todas las cornisas.
Y la primavera es tan sólo un impulso, tan sólo tu oficio, tu consecuencia.


Hacían mucho el amor.
A veces se preguntaban si no sería demasiado.
Un exceso de aguaceros epidérmicos;
el hecho de arrastrar ellos mismos sus propios cadáveres
dotados eternidad y vida insistente.
No lo hacían callados.
Mientras tanto se susurraban poemas,
se replicaban esperanzas,
se describían gimiendo imágenes en blanco y negro
que se les iban presentando en el momento.
Se narraban recuerdos de infancia.
Cantaban a dúo melopeas improvisadas,
a veces dulces, a veces procaces.
En más de una oportunidad él tocó la guitarra mientra lo hacían.
En tanto ella se movía encima, él se aproximaba
lo máximo posible el instrumento al mentón,
apoyado en su pecho desnudo y cuello,
y repentizaba algunos arpegios desesperados o detonantes.
Así se anticipaba al escarmiento.


No puedo escribir más que sobre pájaros y tengo miedo, le dijo Emma;
pájaros que trinan el color carbonizado en mis ojos,
que solucionan la lluvia,
que desde los barrotes de sus plumas colonizan la periferia de todo impulso.
La masturbación está a mi alcance. Hay plumas debajo de la cama.
Tus embestidas en mi bajo vientre son terminales,
sus alas no nos perjudican.
No soy mala.
Pero hay aves que circuncidan cuanto escribo, que acreditan mi procedencia.
Ya no quiero escribir sobre pájaros.
Necesito incendiar cada nido, incendiar el daño que te causan mis poemas.
Arráncame la saliva.
Espeja mis desvíos.
Mi lengua también es un pájaro.
La rutina de tu semen.
¿Te acuerdas cuando pasamos tanto tiempo abrazados
que se nos acalambraron los hombros, que nuestro brazos temblaban?
Mi lengua al alcance de todos.
Mis gritos picotean tan sólo orificios.
Y siempre plumas; dentro de la heladera, en mi entrepierna,
en los pétalos de mi menstruación, en el origen.
Trepo por la lluvia y caligrafío un pico.
Un pleonasmo avícola.
Profano pájaros verbales.
Y siempre terminamos haciendo el amor,
como el pájaro que nos amputamos con nuestros propios dientes.


-Siempre se me olvidan los ojos dentro de tu sexo -dijo Juan Cruz
-Es que la noche siempre se extravía en la luz, en el origen -dijo Emma.
-Aunque la mayoría de las veces los ojos
se me olvidan dentro de tus palabras -dijo Juan Cruz.
-Es que la madrugada no siempre ignora o pervierte los símbolos -dijo Emma.
-Lo que se me olvida sobre tu piel es casi siempre la lengua -dijo Juan Cruz.
-Siempre te a gustado saborear el mar -dijo Emma.
-No, no dejes de abrazarme, hoy también tengo miedo -dijo Juan Cruz.
-Mis labios y yo te estamos cuidando, porque sabemos que la noche te hace frente.
-Me gusta que me arrulles. No te detengas -dijo Juan Cruz.
Emma terminó practicándole sexo oral,
porque eso era la respuesta a una pregunta
que invitaba al extravío y la pasión como argumento.


Ambos Llevaban una regadera grande en la mano
y caminaban presurosos por la calle.
De pronto Juan Cruz señaló un cantero con flores:
se acercaron a él corriendo y comenzaron a regarlo.
-Te dije -dijo Juan Cruz- que esta calle estaba repleta de canteros con flores.
Emma se rió y continuó echando agua sobre las flores de colores subidos.
La tarde estaba soleada y seria.
-Mirá -dijo ella-, allá enfrente hay otro cantero enorme.
Se aproximaron a éste y también lo regaron.
El breve caer del agua establecía un orden sucio de cristales,
donde cada transparencia indicaba el rumor de una rasgadura húmeda.
Cómo disfrutaban de peregrinar regando flores,
de asomarse al precipicio de la tarde y reírse de lo que pensaban del otro.
-Nos estamos quedando sin agua -dijo Juan Cruz.
-Vamos a tener que economizar, quedan muchas macetas por delante, en las ventanas.
Regaban con cierta desesperación y cierta dulzura.
Se concentraban en la tarea, la efectuaban con la mayor prolijidad.
Iban de cantero en cantero, oliendo la tierra mojada,
manipulando las regaderas con generosidad y sudor.
Eran libres.


Los ramajes del iris de tus ojos
convocaron pájaros de alcohol,
pero antes tus párpados se habían cerrado
para anochecer el anidaje de ese llamado.
Te gustaba andar justamente con los ojos cerrados
para no saber nunca dónde estabas,
para no saber qué niña -de las que fuiste-
te pedía auxilio con mayor suficiencia.
Sólo por la insistencia del aguacero
se manifiesta el cielo nuboso;
tus ojos náuticos se maridan
con la ebullición de una lágrima.
Tenés que saber que nada, ni siquierea la marea,
tiene la boca tan húmeda.
Yo necesito transitar más días que no hayan sucedido
para poder estar a salvo.
En la altura uno puede mirar hacia lo abierto de arriba,
hacia lo abierto de abajo,
hacia lo abierto del interior de uno mismo.
Debajo de tus párpados un sistema ornitológico
abreva en la claridad.
Tactos que nombran la mañana.
Hogueras que traducen el derrumbe.
Tantos días que no comienzan.
La Osa Mayor de los lunares de tu espalda.
Mis propias cenizas renacen de mí.


Tus dedos son los pétalos de mi cuerpo.
Tu lengua su tallo.
Tus miradas son sus hojas volátiles y transigentes.
Todo ello se explica en el desorden.
Y a pesar de que tu sombra está hecha de gorriones,
defenderé tus sílabas hasta el ocaso.
A la manera de las orillas,
radicaré en la noche una vecindad con la impureza.
En el aullido de las nubes
nos perseguiremos sin cuchillos, sin naturaleza.
Siembro en tu vientre una hoguera y en tu agonía una pausa.
Tu piel nieva un pétalo en su aliento,
en tu cintura la brevedad se implica.


A poco tiempo de que ya no estás, Emma,
he pintado un gran bigote sobre la foto que está en tu lápida,
esa foto que tanto te gustaba,
donde te veías un poco seria pero concluyente a la manera de Gaughin.
Ignoro por qué lo hice, cuales fueron mis nubladas motivaciones,
y sé que siempre lo ignoraré,
pues así lo prefiero.